34 - Septiembre, 2004. Sin tapiar     

 

MEDIO

FECHA

TÍTULAR

AUTOR

El Varejón

08/04

COMENTARIOS A LA CARTA DEL CARDENAL RATZINGER SOBRE EL FEMINISMO

Raúl H. Lugo Rodríguez

ECLESALIA

03/09/04

A MEDIA VOZ

Conchi Sánchez Tapia

ECLESALIA

06/09/04

NOS QUIEREN TAPIAR LAS VENTANAS

José María Ferre

ECLESALIA

06/09/04

GOSPEL Y ORACIÓN. CELEBRACIÓN Y TRISTEZA

Sonia Moreno

ECLESALIA

06/09/04

ANTE EL DOCUMENTO “ REDEMPTIONIS SACRAMENTUM”

Rafael Cabrera

ECLESALIA

09/09/04

MEDITACION SOBRE EL TERRORISMO

Ignacio González Faus

ECLESALIA

10/09/04

MANUAL DEL USUARIO DE LA NUEVA TEOLOGÍA I

Gonzalo Haya

ECLESALIA

16/09/04

LA CONCIENCIA COLECTIVA

Jaime Barcón

ECLESALIA

17/09/04

MANUAL DEL USUARIO DE LA NUEVA TEOLOGÍA II

Gonzalo Haya

ECLESALIA

22/09/04

SOBRE LA REDISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA

José Rafael Ruz Villamil

ECLESALIA

29/09/04

ZAPATERO Y LA IGLESIA

José Ignacio Calleja

 

El Varejón, Nº 62, agosto de 2004

COMENTARIOS A LA CARTA DEL CARDENAL RATZINGER
SOBRE EL FEMINISMO

RAÚL H. LUGO RODRÍGUEZ

MÉRIDA (MÉXICO).

El pasado 31 de mayo de 2004 fue dada a conocer la carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe titulada “Carta a los obispos de la iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la iglesia y el mundo”. Las autoridades de la iglesia, “experta en humanidad”, como reza el inicio del documento, asumen posición frente a lo que el documento llama “algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer” (1). Además de ofrecer directrices, el documento afirma que tales reflexiones se proponen “como punto de partida de profundización dentro de la Iglesia, y para instaurar un diálogo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en la búsqueda sincera de la verdad y el compromiso común de desarrollar relaciones siempre más auténticas” (2). Así que haciendo caso a la invitación del Cardenal Ratzinger, prefecto de esta congregación y responsable principal del documento a que hacemos referencia, me permitiré aquí participar con mis reflexiones. Si el diálogo se instaura “en la búsqueda sincera de la verdad”, supongo que tal actitud es requerida también para la jerarquía de la iglesia y no solamente para los demás “hombres y mujeres de buena voluntad”. Buen inicio eso de que nadie se sienta dueño de toda la verdad. Voy, pues, a hacer algunos comentarios a las diversas partes del documento.

El planteamiento del problema

Me parece que es en el planteamiento del problema en donde el documento presenta más inconsistencias. Algunas de las afirmaciones no pueden explicarse sino como consecuencia de prejuicios arraigados. Calificar negativamente el rico movimiento feminista y las transformaciones que ha operado en la sociedad durante el siglo pasado, es, cuando menos, injusto. Véase que no hay ni una sola palabra de reconocimiento a uno de los movimientos que mayor riqueza han aportado a las nuevas formas de convivencia cotidiana. Señala el documento que el feminismo promueve una rivalidad entre los sexos, en el que la identidad y el rol de uno son asumidos en desventaja del otro” (2) y pretende descalificarlo con la afirmación que sostiene que “a los abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder”. A mí me parece que lo que el feminismo ha puesto sobre el tapete de la discusión es una realidad inobjetable: las inequitativas relaciones que se han establecido y se mantienen entre varones y mujeres. La reclamación de cambios que conduzcan a relaciones equitativas, en cualquiera de sus vertientes, puede haber disgustado a muchas personas (al Cardenal Ratzinger parece que le enojan mucho), pero las feministas no saltaron a la palestra para agradar a nadie. Por otro lado, me parece que este esfuerzo de clasificar los feminismos como si hubiera algunos buenos y otros malos lo único que pretende es escamotear el problema fundamental: la inequitativa relación entre los sexos.

Yo creo que no puede negarse que uno de los descubrimientos más importantes para la búsqueda de una relación más equitativa es el de distinguir entre sexo y género. Puede ser que, como afirma el documento, algunos movimientos hayan subrayado mucho la idea de género, pero para aquilatar este acento hay que recordar que un abordaje de cualquier problema a partir de la noción de género debe situarse en el proceso de reivindicación de las mujeres de una nueva relación social entre mujeres y hombres. El prefecto de la congregación para la doctrina de la fe no debe olvidar que hay problemas sociales que se perciben a primera vista, como el hambre, el desempleo y la falta de salud. Pero hay otros campos, particularmente cuando se trata de revisar las relaciones sociales entre hombres y mujeres (que son también, es cierto, relaciones de poder), en los que no siempre se percibe la problemática a primera vista.

Y el problema, no hay que cansarse de repetirlo, proviene de que estamos tan habituados a vivir ciertos papeles sociales, que nos parece que forman parte de la propia naturaleza humana y rara vez caemos en la cuenta de los procesos de evolución histórica y cultural que los han conformado y de que son las personas y los grupos sociales los que crean sus interpretaciones antropológicas y sociales. Que la estructuración de la sociedad ha favorecido la injusticia y la violencia contra la mujer es un dato de la realidad y no un simple prejuicio proveniente de alguna antropología desviada. Y la iglesia, no lo olvidemos, por fidelidad a su fundador, tendría que estar en contra de cualquier trato injusto que menoscabe la dignidad de cualquier persona.

Que la visión de género ha llevado a las y los especialistas en el estudio de la Biblia a plantearse que la liberación de la mujer exige una crítica a las Sagradas Escrituras, que transmitirían una concepción patriarcal de Dios, alimentada por una cultura esencialmente machista” (3), no es más que una consecuencia de la convicción profunda, y no solamente en el discurso, de que la revelación cristiana es una revelación encarnada y de la aplicación de los métodos histórico críticos para su mejor comprensión. La Pontificia Comisión Bíblica se refería al acercamiento feminista a la Escritura señalando que “la sensibilidad femenina lleva a entrever y corregir ciertas interpretaciones corrientes tendenciosas, que intentaban justificar la dominación del varón sobre la mujer”[1][1] y lo consideraba legítimo. Como todo acercamiento exegético, el feminista lleva el riesgo de considerarse a sí mismo como absoluto, y hay que tener cuidado de relacionarlo con otras vertientes disciplinarias, pero una descalificación como la que trae el documento del Cardenal Ratzinger no tiene justificación.

Un último aspecto del planteamiento del problema me parece un tanto escandaloso. Hablando del feminismo afirma el documento que tal tendencia consideraría sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina” (3). Esta afirmación del Cardenal puede tener graves consecuencias. Los cristianos creemos desde hace muchos siglos que la naturaleza humana, esa que está por encima de la diferenciación de los sexos, en la raíz misma de nuestra humana constitución, ha sido tocada por el Verbo de Dios. Es por eso que Jesús es salvador de todos y no solamente de los varones. La encarnación de Jesús “en su forma masculina” es un dato de hecho que ha de considerarse, pero desde la perspectiva de fe es un dato, efectivamente, irrelevante. Si la decisión de Dios hubiera sido que su Hijo Eterno se encarnara en “forma femenina”, no se habrían alterado en manera ninguna las consecuencias salvíficas para mí, que soy varón. Peligrosa la manera de argumentar del Cardenal: ¿qué es lo que quiere deducir de esta afirmación o qué supone que los lectores debamos deducir? ¿Acaso lo mismo que se ha hecho con el acceso de las mujeres a los ministerios ordenados, sosteniendo la negativa con justificaciones sin sustento bíblico?

Los datos de la antropología bíblica

En lo que toca a la argumentación bíblica del documento hay que distinguir dos elementos: las aportaciones de la antropología bíblica, marcada también, no lo olvidemos, por condicionamientos históricos y culturales, y algunas derivaciones que tienen que ser justificadas y aplicadas a la realidad práctica. Por ejemplo, en el caso de la larga cita del libro del Génesis, emerge con claridad la complementariedad de los sexos, su dimensión de llamada a la comunión, la importancia de una humanidad en que son reconocidas y respetadas las diferencias. El texto se convierte así en un acicate para el feminismo, que lo que denuncia es, precisamente, que el mundo se haya construido sobre la base de la exclusión de la mitad de la humanidad constituida por las mujeres. Y ese es un dato duro, que puede constatarse en la gran mayoría de las culturas. La acentuación de las diferencias no va en contra del feminismo, sino que puede ser visto, incluso, como un apoyo a sus tesis principales. Las y los feministas no están a favor de la desaparición de las diferencias, sino de un nuevo tipo de trato, más justo y equitativo.

Es claro que la comunión a la que están llamados el hombre y la mujer, a la que se refiere el documento (9), no queda bien representada en el texto de 1Cor 11,9, por lo demás un texto tan conflictivo que el mismo Pablo tiene que decir al final que se trata de una cosa discutible (1Cor 11,16). Que la mujer exista “por razón del hombre” exige, si se quiere ser congruente con la dimensión de comunión de la que se habla, que el hombre exista “por razón de la mujer”, aunque no lo diga expresamente este texto paulino.

La recomendación que el documento hace de afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos” (8) es ambigua e incompleta. Ambigua porque todo punto de vista es relacional, incluyendo aquellos competitivos y de revancha. Incompleto porque define ese punto de vista a partir de negaciones (no competitivo…), pero no dice cuál debe ser ese nuevo punto de vista. Esta declaración se presta a que cualquier discurso reivindicatorio pueda ser calificado como “competitivo y de revancha”. Los problemas que suponen la diferencia de los sexos han se ser afrontados generando un nuevo tipo de relaciones equitativas, pero el documento no puede decirlo, porque se pondría inevitablemente en cuestión muchas de las conductas que las autoridades eclesiales se empeñan tanto en promover y mantener.

La larga meditación sobre el matrimonio como símbolo del amor de Dios hacia su pueblo, usado a lo largo de toda la Escritura, es hermosa (9-11), pero es claro, como el mismo documento lo supone y lo afirma, que no implica que toda persona tenga que casarse para vivir la dimensión de comunión que nos es exigida por nuestra naturaleza. Suponer tal cosa llevaría a la conclusión de que Jesús mismo no habría cumplido con esta condición, ya que, como sabemos por los evangelios y como afirma la tradición eclesial más antigua, Jesús tomó la decisión de no casarse. Y no por ello su amor de comunión sufrió menoscabo alguno.

Es una lástima que el documento no haya sacado más partido a un texto paulino medular: Gal 3,27-28. Anclado en su argumentación unilateral, el Cardenal Ratzinger se acerca a este texto con el único objeto de demostrar su tesis: que la distinción entre hombre y mujer no es abolida por esta proclamación. Se olvida así de subrayar el más fuerte mensaje del texto: la igualdad en Cristo, que supera las barreras étnicas (judío y no judío), sociales (esclavo ni libre) y genéricas (hombre y mujer). No quiere decir la proclamación de igualdad paulina, desde luego, que a partir de este momento desaparecerán como por arte de magia los judíos (algunas comunidades paulinas siguieron siendo mixtas durante mucho tiempo), sino que los no judíos reciben, gracias a la inserción en Cristo, un nuevo trato de hermanos en la fe, un nuevo trato equitativo y de respeto. Pues lo mismo se dice de la barrera genérica: no hará desaparecer a ninguno de los dos sexos (ni las diferencias que existen entre ellos), sino promoverá un nuevo tipo de relaciones equitativas. La afirmación del documento: “lo que (este texto) quiere decir es más bien esto: en Cristo, la rivalidad, la enemistad y la violencia, que desfiguraban la relación entre el hombre y la mujer, son superables y superadas” (12) es una afirmación válida… ¡Y es precisamente esta afirmación la que ha motivado la lucha de muchas mujeres cristianas feministas! El problema para las feministas, que el documento no considera ni reconoce, es que ni en el mundo ni en la iglesia esta afirmación se ha convertido en una realidad.

Los valores femeninos en la sociedad

Esta sección es la que acusa una mayor ignorancia de la distinción entre sexo y género, que el mismo documento reconociera a regañadientes en el número 2. La afirmación de que la maternidad “estructura profundamente la personalidad femenina” (13) es, cuando menos, unilateral, dado que nunca se dice que la paternidad estructure profundamente la personalidad masculina. ¿Y por qué no se hace tal afirmación? Pues porque el discurso del Cardenal, aunque más tarde se cure de espanto diciendo que esto no autoriza en absoluto a considerar a la mujer exclusivamente bajo el aspecto de la procreación biológica”, está reproduciendo la identificación de la mujer con la gran paridora, y la definición que de ella proporciona queda así ligada al hecho de ser madre o de tener capacidad para serlo.

No estriba el problema en si uno valora más o menos la acción de dar a luz a un nuevo ser; es un dato de hecho que muchas feministas son madres y no experimentan ningún problema en ello. El problema, más bien, estriba en si la mujer ha de quedar reducida (“la maternidad es elemento clave de la identidad femenina”) a ser considerada madre, aún cuando, como en el caso de las vírgenes –y de muchas otras mujeres cristianas que no lo son– hayan decidido no ejercitar la función maternal. Esta consideración está a la base de muchas de las inequidades en la distribución de las tareas del hogar y ha perpetuado el confinamiento de las mujeres al ámbito de lo privado y lo familiar. Estoy seguro que si los varones fueran reducidos, en su definición esencial, a su función de padres como se ha hecho con la mujer, tarde o temprano pegarían el grito al cielo y constituirían un movimiento masculinista.

El documento comete el error de identificar como “naturales” elementos que son culturales. Los valores “femeninos” descritos en el documento resultan (no de manera casual) profundamente funcionales al mundo patriarcal en el que vivimos. Destacar que la mujer, por su naturaleza, está inclinada a la abnegación y al sacrificio es poner las bases justificatorias para la continuación de un modelo social que le niega a las mujeres papeles activos y determinantes en la sociedad. “Vivir para el otro y gracias al otro” (14) tendría que se una característica de todo cristiano, lograda a base de convencimiento y esfuerzo y no como parte de un dictado de la naturaleza.

Los valores femeninos en la iglesia

Al exaltar el papel de la Madre de Jesús, el documento provee de una referencia femenina a la experiencia cristiana. Como bien señala el documento: la referencia a María… coloca a la Iglesia en continuidad con la historia espiritual de Israel. Estas actitudes se convierten también, en Jesús y a través de él, en la vocación de cada bautizado… tales actitudes determinan un aspecto esencial de la identidad de la vida cristiana” (16).

Este acierto del documento no se ve oscurecido ni siquiera por la reiterada confusión que acusa en el párrafo posterior: “Aun tratándose de actitudes que tendrían que ser típicas de cada bautizado, de hecho, es característico de la mujer vivirlas con particular intensidad y naturalidad”. De cualquier manera, el asunto de la ordenación de las mujeres, mencionado inmediatamente en el documento, a pesar de todas las declaraciones, sigue siendo objeto de discusión dentro de la iglesia. Hay muchas personas (y no sólo las pertenecientes a alguna corriente feminista radical) que piensan que la argumentación de las autoridades de la iglesia en contra de la ordenación de mujeres no es lo suficientemente convincente, ni está bíblicamente fundada.

Finalmente, aunque el documento emitido por la congregación para la doctrina de la fe no forma parte del magisterio ordinario pontificio, sí nos permite atisbar a la concepción de mujer que se maneja en las más altas esferas del gobierno eclesiástico católico y los prejuicios que todavía se arrastran en tales ámbitos. Esto puede deberse, además de la lastimosa mentalidad patriarcal todavía prevaleciente, a la ausencia de mujeres en los altos niveles de decisión en la iglesia. Yo reconozco que todas las reflexiones que hasta aquí he realizado en relación con el documento del Cardenal no son mías: las he aprendido en incontables conversaciones con las mujeres con las que trabajo y comparto mi vida, las he leído en trabajos escritos de distinguidas teólogas y exegetas, las he descubierto en las quejas y sufrimientos de muchas cristianas de base.

En uso de mi dignidad de bautizado y de la libertad de palabra dentro de la iglesia me pronuncio a favor de una revisión de los criterios patriarcales que siguen rigiendo en las declaraciones públicas de las autoridades de la iglesia, exijo que se reconozca las aportaciones que el movimiento feminista ha traído, no sólo para las iglesias cristianas, sino para las religiones de todo el mundo, y que las autoridades eclesiásticas sean capaces de ofrecer al mundo la buena noticia de una visión religiosa que combata, hasta hacerla desaparecer, la discriminación y la inequidad que tantos males han traído sobre las mujeres. Le aviso al Cardenal Ratzinger, por si no lo sabe, que el nuevo tipo de relaciones equitativas entre varones y mujeres dentro de la iglesia ha comenzado ya en muchas organizaciones de base (la iglesia no es, gracias a Dios, solamente el Vaticano) gracias a la denodada lucha de muchas cristianas feministas.

El documento sobre el feminismo es la manifestación de una concepción de iglesia que se bate en retirada. Las mujeres católicas de hoy, muchas de ellas, no necesitan permiso del Cardenal para ser mujeres en plenitud, en la sociedad y en la iglesia. El combate contra la subordinación de las mujeres al varón es un combate de honda raigambre cristiana. En la iglesia tenemos muchas armas en los textos del Evangelio para participar en esta batalla. ¡Qué lástima que el documento del Cardenal Ratzinger haya preferido no usarlas!

El Varejón: derechoshumanos@indignacion.org

Editada por Equipo Indignación, A.C., de Cordemex en Mérida, Yucatán, es una publicación mensual que solo por suscripción solidaria y comunitaria se obtiene. En su contenido plantea compartir y reflexionar sobre lo que sucede en lo referente a nuestros derechos humanos y necesidades para convivir en sin opresión y dignificar nuestra forma de vida.

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ECLESALIA, 3 de septiembre de 2004

A MEDIA VOZ

CONCHI SÁNCHEZ TAPIA

CÓRDOBA.

ECLESALIA. 03/09/04.- A media voz y en la penumbra de mi habitación tengo la necesidad de expresarme.

Nuestra dimensión afectivo-sexual sigue siendo “poco conveniente” en nuestra sociedad española y, como educadora, lo tengo más que comprobado a lo largo de estos años. Esta situación me subleva pues me parece ilógico que pretendamos potenciar el crecimiento integral de nuestra infancia-adolescencia obviándola o intentando pasar de puntillas sobre ella. Pero lo que me ha llevado a no callarme hoy ha sido lo siguiente:

Han caído en mis manos las palabras de una reciente pastoral y que han vuelto a remover mis entrañas; entrañas seguidoras de Jesús de Nazaret. Dice: “La fe y la moral de la Iglesia no se sirven a la carta, de manera que cada uno pueda escoger lo que más le place”. Además, vuelve a insistir en todas esas cuestiones sobre las que últimamente viene girando la voz de la jerarquía: aborto, homosexualidad, el papel de la mujer en la Iglesia y en la sociedad, la organización no democrática de la Iglesia... Es por lo que yo ahora, con “ese regusto especial con el que algunos cristianos solemos insistir constantemente en los defectos de la jerarquía” (textual), me dispongo a expresarme.

Me gustaría que todos/as los católicos/as nos aplicáramos el mismo rasero de fe y moral a la hora de posicionarnos ante la realidad social y eclesial que estamos viviendo y que fuéramos valientes a la hora de denunciarla. Denunciar el exterminio humano que se está produciendo en Irak, en Palestina, en África; denunciar la explotación de la inmigración clandestina; denunciar el cementerio azulado en el que se está convirtiendo el Estrecho; denunciar el trabajo de millones de niños y niñas esclavizados; denunciar el terrorismo de las multinacionales farmacéuticas que dejan morir de sida a tantos enfermos pobres; denunciar el reguero de muertes por hambre del tercer mundo mientras en el primero hay cada vez más obesos; denunciar la contaminación y explotación del planeta que hace cada vez más imposible un desarrollo vital sano; denunciar las conductas, la “ética / moral” que sustentan estas realidades, denunciar...

Me gustaría que fuéramos igual de valientes a la hora de denunciar las reglas “morales” que han de sufrir mujeres, homosexuales, niñas/os por el mero hecho de no haber nacido “¿hombres?”. Reglas injustas que atentan contra buena parte de la humanidad sólo por su género, su edad ,su libertad de afectos. Pero como católica y ciudadana española he de denunciar todas aquellas conductas que atenten contra la integridad de la persona, contra los derechos humanos, contra “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Quisiera oír gritar a voz en grito que estamos contra las ablaciones, contra los malos tratos, contra las lapidaciones, contra las violaciones, contra el tráfico sexual, contra la desigualdad de sueldos y pensiones de las mujeres, contra el encarcelamiento y las ejecuciones de homosexuales, contra...

Para mí lo esencial del Evangelio, de los Derechos Humanos y de nuestra Constitución está muy clarito: La dignidad de la persona está por encima de todo”.

Entonces pregunto ¿quiénes escogemos a la carta?, ¿quiénes nos mantenemos dentro del juego del capitalismo?, ¿quiénes tenemos una concepción dualista de la persona y no unitaria?, ¿quiénes hablamos de poder, de influencias, de tener y no de ser?, ¿quiénes no somos capaces de dar la capa que nos sobra para andar ligeritos y luchar por un mundo más justo?, ¿quiénes predicamos una doble moral? ¿Vivimos todos y todas quizá en el primer mundo? ¿Son acaso los ricos del tercer mundo?

A media voz y en la penumbra de mi cuarto quiero pedirle perdón a tantas personas que están siendo explotadas / masacradas para que yo pueda disfrutar de aire acondicionado, de música relajante y un somier de láminas.

A media voz y en la penumbra de mi cuarto me comprometo a seguir luchando contra marea para que cada ser humano pueda desarrollarse en toda su plenitud, feliz y amado.

A media voz y en la penumbra de mi cuarto estoy decidida a seguir expresándome en libertad allí dónde esté. 

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ECLESALIA, 6 de septiembre de 2004

NOS QUIEREN TAPIAR LAS VENTANAS

JOSÉ MARÍA FERRE, 30/07/04

ACCRA (Ghana).

ECLESALIA, 06/09/04.- Era un salón hermoso. En él se reunían familiares, amigos. Y siempre había sitio para todos. Tenía mucho de calor de hogar y de acogida. El retrato de los abuelos colgaba del muro como un recuerdo de las tradiciones de unión y fraternidad que nos habían legado. No faltaban flores frescas y hasta una música suave que creaba un ambiente de fiesta. Porque, eso así, el sentido de fiesta y de celebración permanecía muy vivo y se cultivaba con esmero. Una de las mejores cosas del salón eran sus ventanales, amplios, limpios, que dejaban entrar los rayos del sol y renovaban el aire. Además permitían ver la realidad que nos rodeaba, los gozos y tristezas de la sociedad en que estábamos inmersos. ¡Cuántas palabras profundas, cuántas conversaciones, cuántos silencios, cuántos gestos de cariño, cuánta alegría podrían testimoniar los muros del salón!

Un día alguien dijo que por esos ventanales entraba polvo; otro sugirió que no era buena tanta luz; un tercero hizo notar que se estaban colando mosquitos y otras alimañas… Nunca nos consultaron sobre posibles soluciones. Tan sólo constatamos que, cuando fuimos a reunirnos la siguiente vez, los dos ventanales habían sido cuidadosamente tapiados por expertos albañiles que pretendían defender “el orden y la pureza legal”. Cierto, ya no entraba polvo, ni molestaba la luz, ni había bichos. Lo que ahora molestaba era la oscuridad, el aire enrarecido, la libertad cortada por lo sano. Ya no se veían los retratos de los abuelos. Ya era inútil traer flores frescas. La gente perdió las ganas de celebrar nada en un ambiente tan tenebroso… Y aquel salón se fue vaciando; fue perdiendo su razón de ser.

¿Parábola? Como queráis. Ha sido lo primero que me ha venido a la mente al leer el documento “Redemptionis Sacramentum” publicado por la Congregación Romana del Culto Divino y Sacramentos en marzo de 2004. Ha sido una lectura rápida hecha durante un viaje por los caminos pedregosos y llenos de baches de Ghana, país donde trabajo actualmente. Y luego una lectura más reposada, hecha desde la experiencia acumulada de casi 30 años como misionero en distintos países de África central, oriental y occidental. ¡Nos quieren tapiar las ventanas!

No entiendo nada… Bueno, sí entiendo quiénes están detrás de ese documento, y quiénes no están. Les recomendaría que, si hay salones donde han entrado los mosquitos, vayan allí y los maten. Si hay lugares que han sido invadidos por el polvo, que vayan allí y lo limpien. Y si molesta mucho el sol, que pongan visillos. Y, si no tienen otra cosa que hacer, que vengan a África a echarnos una mano. Pero, por favor, ¡que no nos quieran tapar todas las ventanas!

Vengo de la eucaristía dominical. Éramos unas 50 personas, de distintas razas y de muchas nacionalidades. El evangelio ha cobrado toda su fuerza por boca del minusválido que lo ha proclamado. La homilía, cuidadosamente preparada por un médico que trabaja con enfermos de SIDA, nos ha actualizado nuestro deber cristiano hacia quienes a veces consideramos como los “leprosos” de nuestro tiempo. Toda la asamblea ha contribuido con sus aclamaciones a realzar la plegaria eucarística. Todos nos hemos dado la paz, empezando por el sacerdote. Y todos hemos comulgado de un gran pan, partido y despedazado en un gran plato de barro cocido, y lo hemos ido humedeciendo en el cáliz…

En fin, quiero pensar que este documento ha sido un sueño, una pesadilla. Espero y deseo que se una a esos viejos documentos que se apilan, polvorientos, en las pocas estanterías adonde llegan. Yo quiero volver al salón y ver que siguen ahí los hermosos ventanales, y los amigos, y las flores, y los retratos de los abuelos, y el gozo de la fiesta de la fraternidad. Y seguro que encuentro en el alféizar una paloma…

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ECLESALIA, 6 de septiembre de 2004

GOSPEL Y ORACIÓN. CELEBRACIÓN Y TRISTEZA

SONIA MORENO, directora de los coros Twocats pel Gospel, Zetzània y Sentits. Cantante del grupo Gospel Train; inmersa en el Qmú proyecto gospel; cantautora y aprendiz de alquimia

BARCELONA.

ECLESALIA, 06/09/04.- ¿Qué siento cuando “celebro” una eucaristía católica? Siento generalizar, pero salvo en honrosas excepciones, me siento profundamente triste, despojada de mis sentimientos, fría y desesperadamente intelectual. Me agota la necesidad de seguir un esquema tan tremendamente largo y complicado (y eso que me lo sé de memoria, que ya lo llevo casi incorporado en los genes, de tanto como lo llegué a repetir, y repetir, y repetir...). Tantas palabras me pierden. Tengo pocos espacios para conectar desde la vivencia. Siento como si mi alma no pudiera respirar. No encuentro la paz. Me siento presionada por los esquemas y las estructuras, que me zarandean de un lado al otro, estresando mi espíritu: ahora de pie, ahora sentada, ahora escucha, ahora repite, ahora repite más fuerte... Y todo esto lo vivo no como una enamorada perdida de amor, sino como una fiel que tiene el “deber” de entender aquello como la mejor manera de vivir la fe en comunidad.

Lo siento. De verdad que lo siento. Pido perdón a las monjas encantadoras (no todas) que me intentaron inculcar esta doctrina. Pido perdón a todos los fieles que se sienten violentados por opiniones como esta. Pido perdón a mi otro yo, que cansado de buscar, está aturdido, acuclillado en un rincón, sin saber para donde tirar.

Pido perdón. Y pido aire. Por favor. No puedo seguir intentando algo contra natura. Yo no digo que no sea válido. ¡No es eso! ¡No pongan eso en mi boca! Sólo digo que no va conmigo, que después de 31 años de intentonas, no soy capaz de vivir la fe como se me pide. Y me siento triste al ver que mi iglesia, mi familia, mis hermanas y hermanos, me piden que me vuelva fría e incomunicativa para demostrar ser buena cristiana.

Ante esto no pido perdón. Ante esto me planto, y digo que no.

¿Qué siento cuando canto gospel? ¿Qué siento cuando bailamos con el coro? ¿Qué siento dirigiendo un tema lleno de vida, de luz, de denuncia, de sensualidad, de ritmo? Como nunca, me siento mecida por un Padre cercano. Como nunca, mi espíritu reza. Como nunca, mi cuerpo reza. Como nunca me siento conectada con mi fe. Es algo que siempre busqué en mis iglesias y “casi” nunca encontré, excepto en las celebraciones maristas de la Pascua de les Avellanes. Y creo que ha llegado el momento en que no me puedo perdonar a mí misma el esquivar esta evidencia. Es más, necesito compartirla.

Me pregunto si será posible seguir siendo católica. Pero lo cierto es que me siento como tal, y mi familia es esta. Y creo que no podría ser otra cosa, aunque quisiera (y reconozco que a veces, una parte de mí, lo desea profundamente...).

Hace casi un año nos llegaba un globo sonda: quizá nos “prohíban” tocar la guitarra y aplaudir en las “celebraciones”. Y hoy, casi un año después, sueño que un día mi fe y mi música (la que vivo como directora, como cantante, como aficionada al gospel) se unan en una celebración, junto a mi familia católica. Unidas, ya están. Lo estuvieron siempre, aunque yo no lo supiera. Y lo estarán, aunque yo esté en un ensayo o en un concierto. Aunque sea un práctica prohibida. Es lo de menos. El espíritu sopla, ¡y como sopla! Por mucho que quiera esquivarlo, él me roza y él mismo me vive desde el gospel. Y yo, que le agradezco, aun sin entender, todo lo que me regala cada día.

Sólo me llora el corazón de vez en cuando, por sentirme rara entre normales. Por sentirme más cercana a mis amigos cantantes que no son creyentes, porque viven la espiritualidad desde una libertad inusitada para mis costumbres. Ellos son los gentiles que, cada día, me evangelizan.

Sueño con celebraciones en las que celebremos la vida, las ganas de tirar hacia delante, de salvar obstáculos, de acercarnos al otro. En las que celebremos que estamos vivos, en las que cantemos aleluyas reales, en las que demos gracias por tener un cuerpo fantástico que siente, y se mueve, y alaba a Dios cada vez que se siente vivo y se apasiona por las cosas. Eso es lo que rezo (y lo que pido) en cada concierto, en cada ensayo, en cada canción.

Father, in your arms I feel like a motherless child.

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ECLESALIA, 6 de septiembre de 2004

ANTE EL DOCUMENTO “ REDEMPTIONIS SACRAMENTUM”

Pronunciamiento de la asamblea de la Vicaria Oriental

RAFAEL CABRERA, sacerdote, Vicaría Oriental. 16/07/04

GUACHAPALA (ECUADOR).

ECLESALIA, 06/09/04.- Estamos reunidos en la Asamblea de la Vicaria Oriental 79 personas entre las cuales constan delegados de las Comisiones de: Catequesis y Familia, Liturgia y Sacramentos, Consejos de Pastoral, Asambleas Cristianas, Síndicos y Subsindicos, Escuelas de Formación, Jóvenes, Comisiones de Pastoral Social, 13 Sacerdotes, 3 Religiosas.

Una característica de esta Asamblea ha sido el compartir nuestros itinerarios personales, comunitarios en el encuentro con el Dios de Jesucristo. La evaluación teológica, la espiritualidad y la fidelidad al Señor que alienta con su Espíritu el caminar de nuestra Vicaría en comunión con la Diócesis y la Iglesia Universal.

En este contexto de fidelidad al Proyecto de Nueva Evangelizacion lanzado por el Papa Juan Pablo ll, deben ser leídos nuestros manifiestos. El nos pide hacerlo con un nuevo ardor, con nuevos métodos, con nuevos contenidos.

Compartido el documento oficial; recogemos los comentarios de la Asamblea:

Hemos buscado en nuestro caminar, fidelidad al Espíritu del Vaticano ll y al de nuestra Iglesia Ecuatoriana expresada en sus documentos de aplicación de Puebla, Medellín, Santo Domingo.

Alguno laicos llevan más de 20 años de compromiso cristiano y se sienten desconcertados puesto que el mismo Plan Global Pastoral de la Iglesia Ecuatoriana alienta y considera un signo de esperanza la renovación litúrgica y sacramental, revalorizando la religiosidad popular, fomentando la participación activa de los seglares que dan como resultado celebraciones vivas, participativas, conscientes y fructuosas -Nos 24–25-. “Se hacen esfuerzos por adaptar creativamente la liturgia a las diversas culturas y a las situaciones de nuestro pueblo, joven, pobre y sencillo” y por “incorporar a la liturgia, signos, símbolos, expresiones populares, especialmente de las culturas autóctonas “ -No 27-.” El numeral 28 considera como un signo negativo, la actitud de los sacerdotes que celebran al margen de la vida, ritualistas, frías y que desconocen y rechazan las expresiones y símbolos de la fe del pueblo“.

La Asamblea considera que el documento “Redemptionis Sacramentum“ es un claro retroceso frente a lo que la Iglesia Ecuatoriana ha impulsado.

Se desdibuja el rostro de Jesús en nuestras celebraciones, se condena nuestra fidelidad y creatividad. Jesús rompió el ritualismo y dio su vida en el más grande gesto de amor, pidiendo que celebremos como memorial. Es la Iglesia, la Comunidad Cristina la que celebra presidida por el Presbítero, hoy regresamos a insistir que el Sacerdote celebra y no debe dar espacio a los laicos o religiosas si el celebrante puede hacerlo. Puede celebrar en latín; incluso el documento se torna policial, cuando deja abierta la posibilidad de denunciar ante el Obispo el no cumplimiento de las nuevas normas.

Hay formas de celebración eucarística sacramental ya comunes entre nosotros que son expresiones vivas de nuestra espiritualidad. Nos a costado mucho el transito de oír misa a celebrar la Pascua del Señor Resucitado, a celebrar la vida, a que la misa sea expresión de ministerialidad eclesial; hoy según el documento serían abusos, ¿qué hacer? nos preguntamos todos. ¿Celebramos la eucaristía “correctamente” como nos manda la jerarquía o seguimos animados por el mismo espíritu que la misma Iglesia impulsa? Muchos consideran que siendo fieles al ritualismo propuesto, abrimos las puertas a las sectas religiosas, que entre otros aspectos tienen rituales muy expresivos, creativos, participativos y cálidos.

Si nuestras Eucaristías y Sacramentos no se convierten en signos liberadores, en espacios de celebración de la vida y la presencia de Dios en la historia, y lo hacemos con nuestra voz, con el ritmo, el tiempo, y la riqueza de Dios desde nuestras culturas, entonces se convierten en lo que eran antes del Concilio, frías, lejanas, centradas en el tempo y en el Sacerdote consagrado que celebra su misa y el pueblo solamente oye y contesta; amén.

Queremos compartir con Usted como Pastor y Obispo de nuestra Iglesia Cuencana, estos criterios que nacen como lo hemos manifestado desde nuestra firme fidelidad al Evangelio de Jesús y a su Iglesia.

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ECLESALIA, 9 de septiembre de 2004

MEDITACION SOBRE EL TERRORISMO

JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ FAUS, responsable del área teológica de Cristianisme i Justícia

ECLESALIA, 09/09/04.-  El terrorismo es un crimen infame ante el que toda condena moral se queda corta. Parodiando unos versos de P. Casaldàliga en su Oda a Reagan, ni la voluntad de un pueblo ni cualquier otra causa "pueden alcanzar mayor cotización que el llanto estremecido de unos niños", sean judíos o palestinos, españoles o vascos. Esto debe quedar muy claro ante lo que vamos a decir.

Porque, dicho lo anterior y sin suavizarlo, hay que añadir que buena parte de la causa del terrorismo somos nosotros los que nos sentimos amenazados y tememos ser (sólo) víctimas suyas. La Modernidad nos enseñó a no contentarnos con juicios morales, sino preguntar además por las causas: por qué ha aparecido esta maldad precisamente hoy y aquí. Limitarse a contestar que "está ahí" y que vamos a aniquilarla, es fundamentalismo puro.

Pero en cuanto preguntamos por las causas aparecemos nosotros: el llamado primer mundo. No como única pero sí como una de las causas. Esta conclusión nos cuesta mucho de aceptar; pero es fundamental para erradicar el mal. Pues sólo ella nos hará pasar de la guerra preventiva (que no es remedio sino forma y fuente de nuevos terrorismos) a las "políticas preventivas", único remedio de esta peste que algunos profetizan como la gran plaga del siglo XXI.

Es dato conocido que, cuando alguien nos trata mal, saca lo peor de nosotros, a veces hasta extremos impensados. Y que cuando se nos trata bien, y ese buen trato es efectivamente "bueno" y no una argucia de "relaciones públicas", acaba por salir lo mejor de nosotros. Al menos en la mayoría de los casos.

Porque lo peor de nosotros no suele brotar de nuestra maldad (que alguna tenemos pero no tanta), sino de nuestra desesperación y nuestro miedo. "Ahora llorarán vuestras madres como lloraron las nuestras" gritaban los locos asaltantes de la escuela de Beslán. Y cuando recientemente se sorprendía la opinión por el hecho de que buen número de terroristas suicidas de Chechenia eran mujeres, nos encontramos con esta respuesta: eran viudas o madres que habían perdido al marido, al hijo, al novio o al padre.

El primer paso de ese dolor desesperado es el gesto de aquel norteamericano que, cuando fueron a comunicarle la muerte de su hijo, soldado en Irak, se metió en su coche rociándolo con gasolina para prenderle fuego. En un peldaño siguiente (y ya que los humanos tendemos a necesitar culpables para todos nuestros dolores agudos), uno pensará que, ya que va a morir él, que mueran también los causantes de su quebranto. Es la venganza como falso analgésico de tantos dolores: y ahí tenemos el rosario de palestinos, iraquíes, chechenos y demás. Luego podrá haber factores culturales, educacionales o religiosos que hagan más combustible ese material. Pero no son ellos la causa del fuego aunque lo faciliten como la ramiza seca en bosques no limpios.

Por eso repito la frase que me dijo una vez un cura vasco: el mayor daño que nos causó Franco no han sido las libertades de que nos privó, sino el espíritu fascista que nos contagió reactivamente y cuya expresión más atroz ha sido ETA. Así se pronostica ahora que muchos de los pobres niños que lograron escapar con vida de la escuela de Osbetia pueden acabar desarrollando alguna paranoia traumática o convertidos en terroristas del mañana, que es otra forma de paranoia. Como ocurre con más de la mitad de los maltratadores diversos (pederastas, violencias de género) de que nos hablan los informativos.

El terrorismo es, en este sentido, una enfermedad autoinmune, de ésas que se crea el mismo organismo creyendo defenderse de un ataque impreciso. Es como esas células cancerígenas que, al ser agredidas, pueden propagarse y crear metástasis. En este sentido, el sr. Bush, presentándose como "fuerte y decidido para vencer al terrorismo" es un gran propagador suyo aunque no lo sepa. Igual que Putin. Y la madre de todos los terrorismos es la convicción de que existe un eje del bien (que somos nosotros ¡por supuesto!) y un eje del mal (que son ellos). Me parece más verdadera la visión de Jesús para quien el trigo y la cizaña andan entremezclados y desperdigados por todos los campos de la tierra.

Existen el bien y el mal, vaya si existen. Pero no existe un eje del bien y otro del mal. Quienes dividen el mundo en esos ejes suelen decir que "todos los terrorismos son iguales". Yo no sé aún si lo son. Pero sorprende que, quienes hablan así, excluyan expresamente de esa igualación todas las atrocidades del poder establecido que, para ellos, no son terrorismo. Y sin embargo, se quiera o no, terrorismo fue también la guerra de Irak, como terrorismo es lo que han practicado Sharon en Palestina y Putin en Chechenia. Este debería ser el sentido de la afirmación de que todos los terrorismos son iguales. (Y quizá no tan iguales porque el terrorismo del poder es más cobarde, ya que arrostra menos riesgos y hasta puede revestir su crueldad con el guante blanco de una legitimación democrática. Y además necesita del secreto y la ocultación, mientras el terrorismo de los locos busca publicidad porque cree que esa es la única forma de hacerse oír).

Vivimos en un mundo en el que una minoría que lo tiene todo, inocula desesperación a una gran mayoría que carece de casi todo (menos de armas, porque el negocio es el negocio). Esa desesperación (que no se deja ver sólo en las armas sino también en las pateras) infunde miedo a los autores del primer expolio. Camus lo expresó con la parábola de La Peste, que es gráfica pero no habla de las causas de la enfermedad. En el cristianismo se habla de pecado original o pecado estructural que (más allá de las mitologías que hizo San Agustín con el primero de esos conceptos), intentan sugerir que hay alguna causa de esas situaciones de muerte. Esa espiral maldita de la desesperación y el miedo ha de ser rota para que el terrorismo acabe. Y no se romperá con guerras preventivas, porque es imposible vencer a quien cuenta entre sus armas con su propio suicidio. Se romperá sólo con políticas justas y solidarias que son las que acaban siendo preventivas.

Finalmente, hay una palabra decisiva que nunca vemos citada al hablar de estos temas, quizá porque se teme su impostación religiosa, pese a que expresa una de las más hondas dimensiones humanas. Pero, si ha de cesar la peste terrorista, es imprescindible evocarla aquí. Me refiero al perdón. No es momento de discutir y matizar todas las condiciones y características del perdón. Pero sí de decir que sólo el perdonar sana a las personas y recompone las relaciones y estructuras sociales. Pues el perdón se apoya en, y brota de, aquello que más nos une a todos los hombres: que, más allá de nuestras diferencias, no sólo sociales y culturales sino incluso morales, todos somos humanos. Y ahí todos somos iguales y, en esa humanidad, todos estamos solidarizados. Cuando se dice que los terroristas son sólo alimañas que han de ser aplastadas se está engordando el terrorismo. Humanos eran todos los asaltantes del colegio de Beslán. Humanos son también Ariel Sharon y G. Bush.

Y en estas circunstancias, sin perdón ya no hay humanidad.

Cristianisme i Justicia: http://www.fespinal.com

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ECLESALIA, 10 de septiembre de 2004

MANUAL DEL USUARIO DE LA NUEVA TEOLOGÍA I

GONZALO HAYA PRATS, gonzalohaya@telefonica.net

MADRID.

ECLESALIA.- He vuelto a leer artículos de teología. Me da la impresión de que vuelvo a mi ciudad natal. Obras de remodelación: cambia el sentido de las calles. Tomo la dirección indicada y los vehículos me vienen en contra.

Era un decir. La impresión que tengo es que los teólogos más avanzados han dado un giro de 180 grados: Jesús fue un hombre henchido de Dios, proclamado hijo de Dios, pero no era Dios. Inició un movimiento, pero no fundó una nueva religión ni una iglesia; fueron sus seguidores quienes introdujeron nuevas interpretaciones y ritos...

No me extraña que la jerarquía de la iglesia rechace o silencie estas interpretaciones. Lo que me extraña es que apenas se nota el resultado práctico de estas reflexiones teológicas. Quizás requiera tiempo; quizás no hayan llegado a los diversos niveles de divulgación; quizás no acaben de descender de lo conceptual a lo operativo; quizás requiera audacia (parresia).

Tal vez haga falta traducir las expresiones conceptuales (muy precisas para ser bien defendidas) en palabras fuerza (menos precisas pero más comprensibles) que muevan a la acción.

Voy a intentar esbozar un "Manual del Usuario" para la práctica de esta nueva concepción teológica. Ofrezco este borrador para que otros lo corrijan, lo rehagan, o vayan mejorándolo... porque tampoco es fácil improvisarlo.

Revelación: Dios no nos ha dicho nada. Solamente ilumina desde su intimidad a los limpios de corazón. La Biblia, los Vedas, el Corán... son frutos de esta iluminación, no exentos de opacidades. La Biblia -en general, no todos los pasajes- nos ayuda a descubrir lo que llevamos escrito en nuestra conciencia. “Palabra de Dios” sólo es una metáfora; quiere decir que un santón (en el mejor sentido de la palabra) nos invita a hacer aflorar en nuestra conciencia un sentimiento semejante. Consecuencia: no pretendan convencerme de nada basándose en una frase de la Biblia; déjenme leerla, tratar de adaptarme a su ritmo, y afrontar los nuevos problemas.

Religión: aspecto de la cultura de un pueblo en su relación con la divinidad. Tu religión, la mía, son caminos que parten desde donde tú estás o desde donde yo estoy. Todos los caminos conducen ... no precisamente “a Roma” sino a Dios. Las religiones se complementan. Ninguna visión de Dios es completa. No aprender de otras religiones es mutilar a Dios.

Iglesias: comunidades de seguidores de Jesús organizadas progresivamente en instituciones con normas y jerarquías. Al principio recibían este nombre las comunidades locales. Luego lo absorbió la organización global. Después lo compartieron las ramas que fueron surgiendo. Ahora, aunque digamos lo contrario, prevalece la idea de macroinstituciones cristianas.

Iglesia católica es la que a mí me ha transmitido la experiencia de Jesús. Sin embargo sus dogmas, sus ritos y sus cánones han ahogado, y siguen ahogando, la espontaneidad religiosa de muchos que se han alejado, y siguen alejándose, porque no encuentran la orientación que buscan. Algunos sentimos que ha desviado la atención hacia temas especulativos, que a nada comprometen, en vez de centrarla en el compromiso de los profetas y en la misión de Jesús. Es un escándalo y una blasfemia que mil millones de cristianos consintamos que otros mil millones sobrevivan con un dólar al día, lo que gastamos en el periódico o en el autobús. Modo de empleo. Para sintonizar con las comunidades cristianas, o religiosas en general, hay que ajustar las frecuencias que capta el receptor con las ondas en que éstas emiten. Mi conciencia ha redescubierto el evangelio a través del lenguaje de diversos hermanos: Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Ignacio Ellacuría... también Gandhi, Che Guevara... por citar solamente algunos difuntos. Si el lenguaje de una comunidad no me sirve para redescubrir a Dios, esa no es mi iglesia. En la medida en que me ayude, mucho o poco, esa es mi iglesia.

Credo: formulación de las creencias, realizada por concilios del siglo IV, para zanjar las diferentes interpretaciones entre los cristianos. Posteriormente se añadió a la misa y a los catecismos para que su continua repetición evitara la reflexión sobre estos temas. Actualmente el credo sería un punto de referencia para las reflexiones intelectuales sobre Jesús.

Celebración eucarística: conmemoración de la última cena que culminó la vida y el mensaje de Jesús. Se desarrolla mediante ritos más o menos comprensibles, aunque rígidos y anticuados, que dificultan la experiencia religiosa de Jesús y de la comunidad. Algunos desafían las normas de su iglesia y tratan de facilitar una experiencia religiosa de fraternidad en presencia de Jesús.

Mandamientos: Nadie manda en la conciencia. Dios no me habla desde lo alto de un monte. Dios se manifiesta en la intimidad de la conciencia. A veces la conciencia sufre interferencias egoístas y es necesario confrontarla con las normas y con los modelos externos más universalmente reconocidos. Si una voz interior me dice que puedo conducir bebido y a 180 Kms/h, esa no es la voz de la conciencia.

Concilio: Toda sociedad necesita cohesión, y los concilios oficializan esa cohesión. Al principio estaban formados por los Supervisores de las Iglesias (episcopoi, obispos), después se añadieron los Príncipes de la Iglesia (cardenales). Ahora hay que conseguir que asistan también importantes representaciones de las comunidades locales.

Hasta aquí he llegado por ahora. ¿Continuaréis? ¿Continuaremos?

Gonzalo Haya: gonzalohaya@telefonica.net

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ECLESALIA, 16 de septiembre de 2004

Reflexiones sobre Temas Teológicos

LA CONCIENCIA COLECTIVA

JAIME BARCÓN, Miembro de la asociación Proteología

CARACAS (VENEZUELA).

ECLESALIA, 16/09/04.- Todo parece indicar que fue Moisés el primero que se atrevió a preguntarle a Dios que quién era. La respuesta es la que leemos en Éxodo 3,14: "Yo soy el que soy". Naturalmente que hay una serie de problemas con esa respuesta, siendo el principal que no dice nada y que por lo tanto no satisface los requerimientos mínimos que es razonable exigir a esta altura de los tiempos. Santo Tomás de Aquino, y los escolásticos, trataron de definir, o por lo menos de identificar a Dios mediante sus atributos.  No se puede negar la importancia de ese intento de dar una lógica interna o coherencia al quehacer teológico, pero todos sabemos que el paradigma escolástico ha quedado atrás, como todos los paradigmas que aspiran fundarse en verdades eternas e indiscutibles.

El problema de dar una definición de una idea tan compleja y tan cambiante como la de Dios es extremadamente difícil, habida cuenta además de la diversidad del pensamiento humano, lo que hace natural esperar que no va a tener respuesta única.  Tampoco sirve decir "Yo no creo en la existencia de Dios" pues lo inmediato es preguntar en que Dios no se cree.  Si alguien dice que no cree que existan unicornios es de esperar que nos pueda decir qué entiende él por un unicornio.  Y el recurso de decir que es un misterio se presta, y de hecho se ha prestado, a innumerables manipulaciones por los custodios del misterio. Si abandonamos el ambicioso intento de definir a Dios, siempre nos queda el recurso de tratar de ponernos de acuerdo en ¿Qué queremos decir cuando hablamos de Dios? estableciendo contextos en el que quede implícito, es decir, podamos razonablemente inferirlo del contexto seleccionado.

Aún así la cuestión no es fácil; pero el riesgo de una utilización indebida del nombre de Dios para tratar de justificar lo injustificable, como ha ocurrido tantas veces, y sigue ocurriendo, es tan grande que se hace necesario enfrentar el problema.  Aquí nos vamos a permitir proseguir una idea originalmente expuesta por Feuerbach, quien hizo una afirmación ya famosa:  "No fue Dios quien creó al hombre sino el hombre quien creó a Dios".  Algunos interpretaron esta afirmación como atea pero un poco de reflexión nos conduce a concluir que no lo es, puesto que no niega la existencia,  y a Feuerbach se le acepta ahora como un teólogo digno de consideración.  Por otra parte, y como los economistas y los médicos , entre otros,  saben bien, la creencia CREA.  Si los inversionistas "creen" que va a haber crecimiento económico invertirán y "crearán" el crecimiento.  Si los ahorristas de un banco "creen" que va a quebrar, retirarán sus ahorros y "crearán" la quiebra.  Y para un enfermo lo principal es creer que va a curarse.  Lo anterior no es nada nuevo pues ya sabemos que gracias a la FE ha sanado mucha gente, además de su conocida propiedad de mover montañas.

Volviendo a Feuerbach quizás sea mejor decir "Dios creado EN el hombre" en lugar de "Dios creado POR el hombre".  Aquí tenemos que proceder con precaución, sin olvidar que el Dios de las jirafas tiene el cuello muy largo. Es San Pablo el que nos va a ayudar en nuestra andadura teológica.  En Romanos 7,25 podemos leer "… con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la del pecado". Mente, en este contexto, podría interpretarse como Conciencia (el "superego" freudiano que no hay que confundir con el "yo consciente") y entonces la ley de Dios sería la ley de la Conciencia. En la misma vena "carne" sería el "instinto" (el "Id" o inconsciente freudiano) y lo que nos estaría diciendo Pablo es que no nos dejemos llevar por los instintos sino por lo que nos dicte la conciencia.  Pues bien, esa conciencia, es decir la noción de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que es justo y de lo que es injusto, o de lo que es más o menos justo --no hay que ser fundamentalistas en esto-- parece ser un patrimonio exclusivo del ser humano que dentro de las especies animales y por evolución, "darwiniana" si se quiere, en lugar de alargar el cuello, hemos desarrollado una corteza cerebral más compleja cuya arquitectura ("hardware") permite una psiquis con la habilidad de conocer "la ciencia del bien y del mal" --el célebre fruto del  árbol que encontramos en el Génesis 2,17.  Si esta interpretación es correcta, tendríamos que concluir que  Feuerbach no estaba tan descaminado y que Freud, que se confesaba "totalmente" ateo,  es de gran ayuda en estos menesteres.  No en balde el teólogo jesuita español Dominguez Morano ha podido escribir su "Creer después de Freud" --Ed. Paulinas, 1992.

Esa conciencia individual, en determinadas situaciones, entra en sintonía con otras conciencias dando paso a lo que podríamos llamar la Conciencia Colectiva y ahora ya podemos traducir al lenguaje de la modernidad (freudiano-marxista si se quiere) lo que leemos en el Éxodo,  "Y Dios oyó el clamor de un pueblo oprimido" que sería equivalente a algo como  "Un pueblo (o una clase, o un grupo social) tomó Conciencia de una situación de intolerable opresión e injusticia".  Aunque en esta última versión no se menciona a Dios en forma explicita, si aceptamos la interpretación de Dios como Conciencia Colectiva,  quedaría sobreentendido en forma implícita.

Como vemos, no hay contradicción entre el Cristianismo  y la Psicología y Sociología de la modernidad como a veces se ha sostenido; por el contrario el Cristianismo sale enriquecido si se saben interpretar como es debido "los signos de los tiempos" y aceptamos un Dios-Conciencia, que también evoluciona. Este Dios mutable, en permanente transición en sintonía con la Historia, hace inteligible las  diferencias que se observan entre el Dios personal y casi coloquial de Abraham --pero con arrebatos terroríficos como nos podría atestiguar Isaac-- con el de Moisés, ya Dios de un pueblo --oprimido y por esa razón elegido-- hasta llegar al Dios-Abbá del  Jesús histórico.

En la vida terrena del Jesús histórico ese Dios-Conciencia sigue evolucionando.  En la curación de la hija de la siriofenicia que leemos en Marcos 7 ó en Mateo 15 todavía da la impresión que hablaba por el Dios de Moisés que venía por "las ovejas perdidas de la casa de Israel" y en Mt 10,6 dice a sus discípulos que "no entren en ciudad de samaritanos". ¡Que diferencia con ese Dios universal implícito en la parábola del Buen Samaritano que se nos relata en Lucas 10!.  Ese Dios que va tomando forma en la conciencia todavía individual de Jesús y que está implícito  en sus parábolas, va penetrando lentamente en las mentes de sus discípulos, pasando luego a ser Dios universal en la reflexión pospascual.  Con su Pasión, Jesús logra poner en sintonía las conciencias individuales para formar la Conciencia Colectiva tan bien reflejada en el apóstol Pablo, ese cristiano universal que nos dice en Gálatas 3,28 "… ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús".

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ECLESALIA, 17 de septiembre de 2004

MANUAL DEL USUARIO DE LA NUEVA TEOLOGÍA II

GONZALO HAYA PRATS, gonzalohaya@telefonica.net

MADRID

ECLESALIA, 17/09/04.- Debo esta segunda parte a quienes me han hecho ver que en la primera parte cargaba demasiado las tintas negativas; y se lo agradezco. Ya decía yo que me corrigierais. Trataré de expresar mejor –siempre en borrador- lo que yo siento como evangélico, liberador y ecuménico en los nuevos enfoques de la teología. Lo que yo honradamente siento, aunque naturalmente me equivocaré o me expresaré mal en algunas cosas.

Hijos de Dios. El corazón se me ensancha al recuperar como hermanos e hijos de Dios a budistas, mahometanos, e incluso ateos. Hace poco apadriné en el bautismo a un niño africano de once años. Antes de que recibiera el sacramento, yo me preguntaba ¿es que ahora no es hijo de Dios? Quizás se puedan dar explicaciones especulativas, pero mi comprensión emocional –y creo que evangélica- me dice que ese niño, y otros amigos no cristianos, llevan impresa su imagen y semejanza, y también son hijos de Dios. El centurión Cornelio recibió el Espíritu Santo antes de ser bautizado.

Presencia de Jesús. Es fácil reconocer la presencia de Jesús en la eucaristía porque, de hecho, no nos compromete a nada. Nos resulta muy difícil reconocer la presencia de Jesús en el mendigo de la esquina porque nos comprometería demasiado. Tenemos que percibir también la presencia de Jesús cada vez que nos reunimos en su nombre. En este momento tú y yo –con nuestras limitaciones o errores- estamos reunidos en nombre de Jesús. Su palabra nos dice que él está presente.

Presencia de Dios. Omnipresencia es un término intelectual que se queda en la cabeza. No es que Dios echara a rodar el universo y luego se haga presente. La creación es continua. Dios nos está creando en cada momento; somos algo así como el resplandor de la llama de Dios. San Agustín decía que está mas adentro que mi propia interioridad. Dentro de la flor, dentro del insecto, dentro del huracán, dentro del dictador... Nos resulta un misterio porque Dios no está solamente donde a nosotros nos gustaría que esté. Tenemos la tentación de situar a Dios a nuestro antojo, igual que situamos las imágenes.

Justicia. Es el idioma clave que nos permite entendernos con todos los hombres. Por eso la nueva teología se esfuerza por formular una ética universal. No es que todos la concretemos en la misma medida, pero los cristianos no podemos enorgullecernos del ejemplo que damos. El presupuesto de los países cristianos es vergonzosamente apabullante frente al de los países no cristianos.

Fe. Quizás en esta palabra esté el nudo de los conflictos con los nuevos paradigmas de la teología. Entendemos la fe de un modo intelectual, como un adhesión a unos conceptos o explicaciones sobre Dios o sobre Jesús. Creo que la palabra griega que se ha traducido por fe (pistis) tiene en la mayoría de los textos el sentido de confianza, de fiarse de una persona. (Aceptaré de buen grado si me corrigen los expertos). Cuando Jesús les decía a los enfermos, a la mujer cananea, a la que padecía flujo de sangre, al centurión... “Tu fe te ha curado” , y que no la había encontrado mayor en Israel, no se refería a ninguna aceptación intelectual sino a la confianza que depositaban en él. En consecuencia creo que muchos conflictos se resolverían si, en vez de distanciarnos por las diversas explicaciones, insistiéramos en confiar en Jesús y en su mensaje.

Amor. Es la otra gran clave del lenguaje universal. Es verdad que la palabra amor puede ser vanalizada y falseada, pero eso no le resta nada al amor de verdad.. Hace unos días, en un Congreso sobre espiritualidad, miembros de diversas religiones han coincidido en que el amor es la médula de todas las religiones: “El que ha llegado al corazón de su religión, ha llegado al corazón de todas las religiones”. Y digo yo, si coincidimos en la semilla fecunda ¿por qué hacemos hincapié en las diferencias? ¿Qué comportamiento agradará a nuestro Padre?

Gonzalo Haya: gonzalohaya@telefonica.net

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ECLESALIA, 22 de septiembre de 2004

SOBRE LA REDISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA

Una propuesta del evangelio

JOSÉ RAFAEL RUZ VILLAMIL, sacerdote

MÉRIDA, YUCATÁN (MÉXICO)

ECLESALIA, 22/09/04.- El texto que me ocupa, la parábola generalmente conocida como “El hijo pródigo” (Lucas 15,12-32), es considerado como una de las cumbres de los Evangelios, esto es, de la predicación de Jesús de Nazaret: a decir de Gerd Theissen —uno de los más interesantes teólogos de hoy— se trata de la máxima creación literaria de Jesús (El Jesús histórico, Salamanca 2000) en la que, para narrar los encuentros y desencuentros en las relaciones entre los hombres desarrolla en el relato la dinámica de la decisión y de la acción humana. Aunque leída y comentada innumerables veces, dado que las parábolas de Jesús vienen a ser textos abiertos en su naturaleza, vale intentar una lectura más, esta vez en clave económica.

Y es que, sin llegar a considerarla como un cuarto personaje del relato, es la economía , ni más ni menos, el elemento contextual del desarrollo narrativo. En efecto, la parábola se abre con la petición del hijo menor de su parte de la hacienda. Vale insistir que en la Palestina del siglo I, es totalmente inusual la repartición de una herencia en vida del propietario; en todo caso, la donación en vida concede al beneficiario el derecho de propiedad, pero no la capacidad legal de disponer de la herencia ni el usufructo de la misma que queda reservado al propietario mientras viva. En todo caso, un heredero puede vender sus derechos a la parte de le herencia que le corresponda, pero el comprador no se hará de ella sino hasta la muerte del dueño original (cf. J. Jeremías, Las parábolas de Jesús, Estella 1997). A mayor abundancia, el Libro del Eclesiástico (33,20-24) recomienda: «No des a otros tus riquezas, no sea que, arrepentido, tengas que suplicar por ellas […] Mejor es que tus hijos te pidan, que no tener que depender de ellos […] Cuando se acaben los días de tu vida, a la hora de la muerte, reparte tu herencia».

Así pues, el padre del relato de Jesús, desoyendo el consejo de la sabiduría de Israel, “les repartió la herencia”. Esto es, dividió sus propiedades —hay que suponer que a tenor de Dt 22,17, que manda dar al primogénito dos partes de la herencia—, mermando una tercera parte de lo que vendría a ser una unidad de producción agrícola familiar trabajada por los miembros de la familia con la ayuda de jornaleros, esto es una hacienda mediana de alrededor de 200 hectáreas y muy probablemente productora de trigo, cebada y vid. Ahora bien, es sabido que mientras sea mayor la unidad productiva, mayor resulta el rendimiento, de donde la decisión —inusual también— del hijo menor de vender lo suyo, sin llegar a arruinar la hacienda, la puso, sin duda, en dificultades.

Es así que su retorno, pero sobre todo la forma en que vino a ser recibido por su padre —corre, le abraza y le cubre de besos para evidenciar su calidad no perdida de hijo frente a la animadversión de los vecino que, seguramente, le tendrían como un pésimo ejemplo para los suyos—, tuvo que provocar la ira, por demás plásticamente expresada, del hijo mayor. Y es que de todas las muestras de bienvenida —vestido, sandalias, anillo, fiesta grande: un novillo supone una gran cantidad de carne a consumir en la misma comida ya que no hay manera de conservarla—, es el anillo el elemento que habría inquietado más al hermano ya se trata de un sello que supone una transmisión de plenos poderes (1Mac 5,15) y, correlativamente, de plenos derechos, esto es, de capacidad legal para heredar de nuevo (así J. Jeremias, op. cit.).

De todo la anterior, puede inferirse que la misericordia del padre del relato de Jesús consistió, ni mas ni menos, en una redistribución de la propiedad, i.e., de la riqueza familiar, de donde los ruegos al hijo mayor para que participase de la fiesta vienen a ser una invitación a sumarse y a validar su muy peculiar concepto de la propiedad y, correlativamente, de la economía, concepto que, obviamente, no es otro más que el de Jesús de Nazaret.

¿Cómo plantear hoy al hijo mayor —i.e., a quienes detentan legalmente la posesión de los bienes de la tierra— el deseo de Dios expresado por Jesús de hacer presente su misericordia en una redistribución de la riqueza en un mundo donde la desigualdad sume en la desesperación y la muerte a los tantos que —con culpa o sin ella—han quedado con las manos vacías?

¿Cómo decir al hijo mayor dueño legal del capital, empresarios y gobernantes enajenados por el modelo económico neoliberal —que hace a los pobres más pobres y a los ricos más ricos— que contravienen la voluntad del Creador universal y, si son cristianos, niegan el Evangelio de Jesucristo?

¿Cómo convencer a ese hijo mayor que es el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional que sin la condonación de la deuda a los países pobres, emergentes o del Tercer Mundo, éstos seguirán cuidando cerdos y deseando comer las algarrobas de éstos?

José Rafael Ruz Villamil:   jrrv@sureste.com     /     www.jesusdenazaret.info

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ECLESALIA, 29 de septiembre de 2004

Zapatero y la Iglesia

JOSÉ IGNACIO CALLEJA, profesor de Moral Social Cristiana

VITORIA.

ECLESALIA, 29/09/04.- Por lo que se viene oyendo y escribiendo, pintan bastos para la Iglesia Católica. La cuestión de la "laicidad" del Estado Español es un asunto cuya discusión arrastra nuestra democracia desde 1978. El modo como accedimos a la vida democrática, tras una largísima dictadura, facilitó poco las cosas. Las fuerzas políticas democráticas tuvieron que atenerse a lo fundamental y tejer una Constitución digna y, a la vez, comedida en el trato dado a los poderes más reconocidos de aquella sociedad. Entre ellos estaba la Iglesia Católica. El peso social del catolicismo en la España de los años 70, la omnipresencia de los símbolos cristianos en la vida de aquella sociedad y la necesidad de que la Iglesia respaldara la incipiente democracia, facilitaron un acuerdo constitucional, primero, y concordatario, después, que superaba con dificultades un examen de laicidad visto con ojos de hoy. Digo con dificultad, porque cualquier jurista sabe que en un acuerdo constitucional y concordatario no cabe todo, pero sí caben muchas más cosas de las que parece. Depende en gran medida de la voluntad política de los negociadores de turno y de la perspicacia de los exégetas a su servicio. A los hechos me remito. Pensemos en lo que ha de dar de sí la Constitución del 78 para que quepan Ibarretxe, Maragall y Carod Rovira. Y dará. El tiempo probará estas palabras.

Pero yo hablaba del caso de la Iglesia Católica. Y si han cambiado mucho las circunstancias sociales y culturales de la democracia española, siendo una sociedad mucho más laica que hace 30 años, es normal que sus gestores quieran acoger esta impronta, del modo como ellos consideran que se ajusta mejor a la justicia. Quiero pensar, y pienso, que es la justicia lo que mueve al gobierno socialista. Un concepto propio de justicia, desde luego, pero la justicia.

Comprenderán los socialistas que la Iglesia defienda otra interpretación de la ley vigente y, más al fondo, de lo justo. Es legítimo. Quiero pensar, y pienso, que la Iglesia defiende en sus propuestas una idea fundada de justicia. No acepto que esto sea por mi parte un irenismo angelical. Creo de verdad que cada parte defiende una idea de justicia que, a su juicio, ha de realizar mejor el bien común de la sociedad. Esto significa que ni me conformo con atribuir "todo" al laicismo del socialismo español, ni me conformo con hablar "a secas" de privilegios de la Iglesia Católica. Hay que depurar lo que la pretensión laica tiene de laicismo militante, caduco y asfixiante, y aceptar que la sociedad española tiene derecho y hasta obligación de ser laica. Y, así, en concreto, la enseñanza religiosa escolar la entiendo como una ciencia humana que pertenece sin duda a la familia de las ciencias de la cultura. Tiene que ofrecerse en esta área y por profesionales de la enseñanza en tal materia. Y cuando se trate de centros de titularidad privada, una vez homologados, la sociedad tiene que apoyarlos económicamente y exigirles los contenidos académicos ordinarios, respetando que ofrezcan los contenidos confesionales de su ideario. Que la laicidad alcance a toda la enseñanza no significa que no pueda haber centros concertados, religiosos o no; esto sería laicismo; sólo significa que han de atenerse a las exigencias comunes de la ley. En concreto, y a mi juicio, la sociedad española no se puede permitir el lujo de dificultar el trabajo de muchas congregaciones religiosas, especializadas en la enseñanza, y que a menudo hacen maravillas en sus centros. Con sus defectos y elitismos a corregir, pero con logros magníficos. Y lo dicho de los centros religiosos de enseñanza, lo debemos decir de la inmensa mayoría de las organizaciones cristianas de solidaridad. Si la Iglesia se parara mañana en su trabajo social, la sociedad española tendría un problema de primera magnitud. Esto hay que valorarlo y pagarlo a algún precio. Y si el Estado lo quiere hacer por su cuenta, será porque lo va a hacer más barato, cosa que dudo, y no porque prefiera a otros ciudadanos. A todos ha de exigirles el respeto a la ley, laica, y la igualdad absoluta en el destino de los fondos, pero más allá de esto, yo creo que el Estado se metería a predicador de ideologías y a proveedor de servicios al por menor.

Añadiré, por fin, otra reflexión, sólo una, por no alargarme. La Iglesia Católica tiene mucho que corregir en aprecio de la laicidad y de la pobreza en su modo de vida. El problema de la financiación de la Iglesia por el Estado es un drama para nosotros, la Iglesia. Debemos abordarlo con radical prontitud y seriedad. Yo al menos estoy muy preocupado por lo que tenga de injusticia. A veces, bromeo diciendo que sería mejor acogernos a una AES (en el País Vasco: Ayuda de Emergencia Social). Pero la sociedad debe saber, y creernos, que nuestro patrimonio es una carga de dificultades casi insostenible. Hoy, la vida de un cura "tipo" está más ocupada en mendigar dinero para sostener el patrimonio artístico que en el culto, la catequesis o la acción humanitaria. Hay que socializar el patrimonio artístico de la Iglesia y hacerlo con papeles y notarios. Si la sociedad lo sostiene que sea dueña, y si es dueña que sepa lo que vale. La gente tiene que saber que una custodia o un cáliz ni se pueden vender, ni dan de comer. Tenemos que dar cuenta clara de nuestros bienes y desprendernos de lo que nos sobra. Si es del Pueblo, es del Pueblo. Pero, sinceramente, la gente tiene que saber que vivimos con modestia y que nos administramos mirando cada "peseta". Aquí, en la Iglesia, el que convoca una reunión, barre la sala y coloca las sillas. Y el que escribe un artículo, recibe a cambio una ejemplar de la revista. Y el que consigue una subvención, se conforma con las gracias del pueblo beneficiado. Y el que dirige un colegio, apaga las luces y se hace la cena. Y el que celebra misa a las 8, a la 9 limpia el baño de su casa. Esto también es la Iglesia y, cada vez más, sobre todo esto.

Lo dejo aquí. Mucha gente en países perdidos y guerras olvidadas permanece hasta el límite por causa de su fe cristiana. Pueden estar allí porque desde aquí otros, frailes, curas, monjas o laicos, los mantienen. La vida es más compleja de lo que aparece en el imaginario de una sociedad y conviene hacer justicia en muchas direcciones. Muchas, para cuidar y proteger, aunque sean de la Iglesia, otras para corregir, aunque proteste la Iglesia; todas revisadas y elegidas en el espejo de la justicia. No me asusta que la ley española sea más laica hoy que ayer; incluso lo deseo fervientemente, pero quiero, exijo que sea justa y que lo sea para todas las relaciones e instituciones. Quiero que sea laica por mor de justa, y que así alcance y trate a la Iglesia, y a la Universidad, y a los Sindicatos, y a las ONGS, a las Empresas y Comerciantes, y a la Banca, y a la Sanidad, y a los Profesionales, y a los Funcionarios, y a los Partidos y a los Gobernantes, y a los Ejércitos, y a las Monarquías. Cada uno en proporción a sus posibilidades y responsabilidades. Porque dicho sea como anécdota, ¡qué pocas voces laicas se oyeron en la boda del Príncipe de Asturias y qué pocos han reconocido su silencio!  

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[1][1] PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Roma 1993) Capítulo I, inciso E, número 2

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